La Asunción

La solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, que, acabado el curso de su vida en la tierra, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria de los cielos. Esta verdad de fe, recibida de la tradición de la Iglesia, fue definida solemnemente por el papa Pío XII en el año de 1950.

Según una piadosa tradición nos dice que un ángel se apareció a la Virgen y le entregó una palma diciéndole:

"María, levántate, te traigo esta rama de un árbol del paraíso, para que cuando mueras la lleven delante de tu cuerpo, porque vengo a anunciarte que tu Hijo te aguarda".

María tomó la palma, que brillaba como el lucero matutino y el ángel desapareció. Esta salutación angélica fue el preludio del gran acontecimiento.

El gran San Agustín nos dice que la virgen María pasó por la muerte, pero no se quedó en ella.

Oh María Virgen Inmaculada, puro cristal para mi corazón, Tú eres mi fuerza, oh ancla poderosa Tú eres el escudo y la defensa para el corazón débil.  !Oh bendita y santísima madre, nuestra protectora, reina y abogada, tu que desde el primer instante de tu concepción quebrantaste la cabeza del enemigo, aléjanos de todo mal y tentación.

Al cielo vais, santísima madre, y allá os reciben con alegre canto. ¡Oh quién pudiera ahora asirse a vuestro manto para subir con vos al monte santo!

Los Orientales gustan de llamarla Dormicion con ánimo de afirmar la diferencia. ¿Tránsito? Separación inefable.

Oh, María!, Señora mía!
enséñame en este día,
lo que la caridad sería,
para llegar algún día
a la Tierra Prometida!.
Oh, María!, Rosa Castísima!
muéstrame el camino de la verdad
para que llegue a la santidad
Amén.

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