San Juan Apóstol y Evangelista

Quizá no llegaba a los veinte años cuando lo llamó Jesús al apostolado. Es el más joven del grupo de los doce; y también el que –longevo, casi centenario– más duró, habiendo pasado destierro en Patmos. En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. A ellos les acercará más en la noche del Jueves Santo, en el Huerto. Si a Pedro le entrega la Iglesia, a Juan le entregará a su Madre.

Es ese que tienen manía los pintores de presentarlo como un jovencito blandengue, jovencísimo e imberbe, con cara enfermiza y casi femenil. Y resulta que el perfil sugerido por los datos presenta un semblante diferente y opuesto: discípulo de Juan el Bautista, junto con su hermano Santiago el Mayor eran llamados nada menos que los boanerges, que quiere decir «los hijos del trueno», o sea, que los dos eran de armas tomar; de hecho, en una ocasión, a los dos angelitos no se les ocurrió menor idea –para escarmentar a los samaritanos que no quisieron recibirles– que pedirle a Jesús, con una impetuosidad irrefrenable, que les dejara hacer bajar fuego del cielo para que los consumiera. Robusto pescador, vigoroso como piden las faenas del barco, mozo equilibrado que sabe respetar el primer puesto de Pedro el día de la Resurrección, cediéndole el turno en el sepulcro; tan varonil que merece la confianza de Jesús para entregarle a su Madre; teólogo profundo, oteador de las cumbres como ninguno; intrépido con los herejes gnósticos que comienzan a despuntar ya en el primer siglo de la fe; por último, fuerte en la confesión cristiana hasta el destierro y quizá martirio.

Estos señores del pincel parecen olvidar los datos neotestamentarios por los que se le conoce justamente como un señor al que no le pega nada el rostro acaramelado de tantos lienzos, ¿o es que quisieron resaltar su apasionado amor a Jesucristo, la condición de no-casado, la doctrina preeminente en sus escritos del amor o caridad, el hecho de recostar su cabeza sobre el pecho del Maestro o la predilección de Jesús? Si es por ello, mal servicio han hecho a la piedad; porque identificar la entrega, el amor, la pureza y decisión de seguir al ideal Cristo sin condiciones ni temporalidades con lo somático y visceral es no entender nada de humanidad, que se define por la racionalidad y por el ejercicio de la voluntad, en este caso, ambas potenciadas por la fe.

Salvedad hecha, es ahora ocasión de recordar que Juan es natural de Betsaida, a orillas del lago, del mismo terruño de Pedro. Zebedeo y Salomé, sus padres; pescadores de profesión, acomodados, con barca propia y jornaleros.

Llegó a formar parte del trío predilecto. Fue testigo privilegiado de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración en el Tabor y de la agonía de Getsemaní. El único que no abandonó a Jesús, cuando la desbandada de la Pasión, permaneciendo en compañía de María al pie de la cruz, en el Calvario.

Se le ve muy unido a Pedro. La Pascua última la prepara con él, los dos vieron juntos el sepulcro vacío el día de la resurrección, hacen pareja en sus visitas al templo y así curó Pedro a aquel paralítico, y ambos fueron detenidos juntos por el Sanedrín a consecuencia de predicar a Jesús. También a Samaria irá con Pedro en los comienzos de la fe. El propio Pablo, ya convertido, les llamará «columnas de la Iglesia».

Parece que el centro de su actividad apostólica pospascual estuvo en Éfeso y de allí irradia su mensaje a Turquía. En el Apocalipsis, libro sagrado que cierra el ciclo de la revelación pública, dirá que estuvo desterrado en la isla de Patmos, cosa que debió de ser por los años 81 la 96, durante la persecución de Domiciano, debiendo de regresar a Éfeso con la amnistía de Nerva.

Tuvo una extremada autoridad moral en Asia, cuando ya no quedaban Apóstoles; los cristianos sintieron por aquel anciano que había tocado, vivido, visto al Señor mortal y resucitado, auténtica, especial y temblorosa veneración. Su testimonio y enseñanza tenían un peso excepcional, único. Conoció las primeras persecuciones y se enfrentó a las primeras herejías o desviaciones, defendiendo la pureza de la fe.

Algunos Santos Padres lo conocieron o se formaron con los que le conocieron personalmente: Papías de Hierápolis, Policarpo de Esmirna, Ignacio de Antioquía, Ireneo de Lyon.

Murió sin fecha, a finales del siglo I o comienzos del siglo II.

Escritor, místico, águila –elemento iconográfico casi siempre presente–. Autor del cuarto Evangelio, tres cartas apostólicas llevan su nombre y el Apocalipsis. En sus escritos –hechos con estilo más bien pobre en palabras y recursos literarios– aparece como nota persistente la búsqueda del anonimato. El tema central dominante: Un Señor. Juan transmite –con su persona y pluma– a Jesús que es Dios y hombre, luz y vida, verdad y amor.

¿Es histórico el hecho de que sufriera martirio? Alguna tradición antigua, amplia y extendida lo afirma, viéndolo arrojado a una caldera de aceite hirviendo de la que salió ileso por la intervención de Dios; pero no es demostrable la historicidad del hecho. Parece que esa leyenda parte de Tertuliano o, en todo caso, de la iglesia africana que Juan nunca pisó, como tampoco la de Roma.

Mucha más fuerza tiene resaltar su vivir diario en intimidad con la Virgen María; la Madre de Jesús aparece en el cuarto Evangelio tanto al comienzo de la vida pública del Señor (Caná) como al final de su paso terreno (Calvario). Como conjetura, no se descarta la posibilidad de confidencias entrañables entre Ella y él referentes a algunos aspectos de la intimidad de María y otros de la infancia de Jesús que bien pudieran posteriormente haberse transmitido a san Lucas, que es quien los narra.

Hay anécdotas simpáticas, aunque históricamente no del todo seguras, que confirman la amabilidad de este santo anciano, junto con su natural viveza de carácter y el amor en Cristo que a todos profesaba.

Cuentan de él que, como descanso para su espíritu, le gustaba entretenerse en acariciar a una tortolilla domesticada que tenía. Buen precedente para San Francisco de Asís... En cierta ocasión—narra San Ireneo—, habiendo ido el bienaventurado apóstol a bañarse en los baños públicos de Efeso, vio que en ellos estaba el hereje Cerinto; e inmediatamente, sin haberse bañado, se salió fuera diciendo: "Huyamos de aquí; no vaya a hundirse el edificio por estar dentro tan gran enemigo de la verdad". En cambio habiendo sabido que un joven cristiano, educado con miras al sacerdocio, dió luego tan malos pasos que acabó en jefe de bandoleros, se hizo llevar el Santo hasta el monte que al ladrón servía de guarida, y, corriendo tras él y llamándole a grandes voces: "¡Hijo mío, hijo mío!", logró rescatarle para Cristo.

Algunos autores de los primeros siglos cuentan que San Juan resucitó en cierta ocasión a un muerto. Pero el milagro principal fue el sucedido en su propia persona. Refiere Tertuliano que, llevado el apóstol a Roma poco antes de su destierro a Palmos, fue sumergido en una tinaja de aceite hirviendo, de la que salió totalmente ileso y pletórico de renovada juventud, Hay quien pone en duda la historicidad de este hecho, porque ni consta que San Juan estuviera alguna vez en Roma ni de tal milagro se hacen eco los escritores que le conocieron, mientras que Tertuliano, de la iglesia de África, difícilmente podía tener información segura. Con todo, la Iglesia romana celebra esta fiesta en su liturgia bajo el título de "San Juan ante portam Latinam".

Una leyenda curiosa recogió San Agustín. En el sepulcro del santo apóstol—dice—se ve moverse la tierra sobre la parte correspondiente al pecho, como si el cuerpo allí sepultado respirara todavía o palpitara aún su corazón. Simple leyenda desde luego. Pero lo que no es leyenda sino realidad, es que el corazón del santo evangelista sigue palpitando en sus escritos, y que esas palpitaciones son de amor, de admiración, de arrobamiento ante la persona de Jesús, que fue para él la gran revelación de su vida y el centro de su vivir. Y Juan quería que lo fuera también para todos los hombres. Porque Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; Él es la Luz, y la Verdad, y la Vida, y el Amor.

¿Por qué Jesús sintió predilección especial Jesús hacia Juan? Lo ignoramos.

Algunos Santos Padres pensaron que fue por su virginidad, ya que sabemos que era muy jovencillo cuando lo llamó Jesús a seguirle y que fue virgen toda su vida. Dice San Jerónimo, el Padre de las Sagradas Escrituras:

"El Señor virgen quiso poner a su Madre Virgen en manos del discípulo virgen".

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