Santa Bibiana

Santa Bibiana, virgen y mártir, es de las últimas víctimas de la persecución anticristiana de Julián el Apóstata (361-363).

La iglesia romana de Santa Bibiana existía ya en el siglo V. El "Líber Pontificalis" afirma que fue dedicada por el Papa San Simplicio y que en ella se hallaban los restos de la santa. Sin embargo, no sabemos nada cierto acerca de la época y las circunstancias de su martirio. Los datos que dan sobre ella y su familia el Martirologio Romano y las lecciones del Breviario, están tomados de una leyenda posterior que no merece ningún crédito. Según dicha leyenda, Santa Bibiana fue martirizada en tiempos de Juliano el Apóstata.

Había nacido en Roma. Era hija de Dafrosa y Flaviano, el prefecto de la ciudad. Sus padres eran muy buenos cristianos. Los perseguidores arrestaron a Flaviano, le quemaron el rostro con un hierro candente y le desterraron a Acquapendente, según se lee en el Martirologio Romano, el 22 de este mes. Después de la muerte de Flaviano, Dafrosa, que se mostró tan fiel a Cristo como su marido, estuvo encarcelada algún tiempo en su propia casa y finalmente fue decapitada.

Bibiana y su hermana Demetria fueron castigadas con la confiscación de todos sus bienes, de suerte que durante cinco meses sufrieron grandes pobrezas. Las dos vírgenes pasaron ese tiempo en su casa, orando y ayunando. Durante el juicio, Demetria cayó muerta delante del juez. Este confió a Bibiana al cuidado de Rufina, mujer muy artera, para que poco a poco, la hiciese cambiar de parecer. Pero los halagos de Rufina se estrellaron contra la constancia de Bibiana. Viendo que no conseguía apartarla de la fe y de la práctica de la castidad, Rufina empezó a emplear métodos brutales que resultaron igualmente infructuosos.

Finalmente, la santa falleció atada a una columna, mientras la azotaban con látigos cargados de plomo. Los verdugos abandonaron el cuerpo para que se lo comieran los perros. Pero al cabo de dos días, como los perros no se acercasen al cadáver, un sacerdote llamado Juan se lo robó durante la noche y lo sepultó cerca del palacio de Licinio, en la misma casa en que estaban enterradas su madre y su hermana. La tradición ha asociado el nombre de Juan con el de San Pimenio, quien fue tutor de Juliano el Apóstata antes de que éste abandonase la Iglesia. Cuando Juliano empezó a perseguir a los cristianos, Pimenio huyó a Persia. Más tarde, volvió a Roma y encontró en la calle al emperador. Este exclamó al verle: "¡Gloria sea dada a mis dioses y diosas por veros de nuevo!" El santo replicó: "¡Gloria sea dada a mi Señor Jesucristo, el nazareno que fue crucificado, porque no os he visto en mucho tiempo!" Juliano mandó que le arrojasen al punto al Tíber.

Como lo ha demostrado Delehaye, esta leyenda procede de fábulas hagiográficas ligeramente más antiguas, en particular, que las relacionadas con la vida de los santos Juan y Pablo. Por otra parte, no es imposible que el nombre de Pimenio se derive de la palabra griega "poimén", que significa pastor; en ese caso, se trataría de la leyenda de "San Pastor".

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