La Salve (Salve Regina)

El “Salve Regina” es un canto tan bello que atravesó los siglos, e inspira hoy a todos los pueblos. San Bernardo de Clairvaux sería el autor de las tres últimas invocaciones de este canto: ¡O Clemens, O Pia, O Dulcis Virgo Maria!

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida y dulzura y esperanza nuestra:
Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos
y, después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!

D- Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
T- Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Latín:

Salve, Regina, mater misericordiae;

vita dulcendo et spes nostra, salve.

Ad te clamamus, exules, filii Evae.

Ad te suspiramus,

gementes et flentes

in hac lacrimarum valle.

Eia ergo advocata nostra,

illos tuos misericordes oculos

ad nos converte.

Et Iesum,

benedictus fructus ventris tui,

nobis post hoc exsilium ostende.

O clemens, O pía,

o dulcis Virgo María.

Las antífonas marianas son cantadas al final de algunos oficios de la liturgia de las Horas, como las Completas. Estas antífonas a la Virgen pertenecen al repertorio del canto gregoriano, y por lo general se cantan a capela, con una sola voz.
Tradicionalmente, la antífona mariana es diferente según los tiempos litúrgicos:

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La Salve (Salve Regina)